Hoy es uno de esos días en que te escribo, en realidad no sé cual es la necesidad que me llama a seguir escribiendo este sin sentido; supongo que me tranquiliza la idea de pensar que tengo un lugar donde poder vaciarme.
Y bueno, he de decir como cada vez que tomo la decisión de escribir esto, que me cuesta comenzar a dejar caer todas las palabras que revolotean en mi cerebro.
Esta vez, podría decir como cada vez, que es distinta. Siempre llego a la misma convicción, siempre acabo creyendo que esta sí que va a ser la última vez que escriba de ti.
Pero también sé de sobra hasta que punto soy capaz de conseguir mis propósitos, y si ya una vez alcancé mi meta por qué no iba a poder llegar a ella una vez más.
Han pasado casi tres veranos desde aquella noche. Y lamentablemente, y por mucho que lo niegue sigo acordándome de cómo fue, de cada detalle, de la magia, de nuestros besos rodando por la hierba, de nuestras risas, de todo lo que nos prometimos aquel día. Y todos esos recuerdos siguen latentes a día de hoy. Hoy, dos años y medio más tarde puedo revivir todo este tiempo si empiezo a pensar cerrando los ojos. Y a su vez sigo esperándote, para qué engañarme. Sigo pensando que vendrás, que en mitad de la música y de la gente estarás tú. Pero no estás, ya no estás. Ha pasado medio verano y aún no has venido. A penas sé si estás bien, si eres feliz, si alguna noche te acuerdas de mí.
Aunque intente defenderme y ocultarme de todos, al fondo del disfraz sigo estando yo, sigo siendo yo. A pesar de la coraza que me cuelgo, consigo derrumbarme cuando abro los ojos y comienzo a asumir que ya nada sigue igual.
Que ya no somos los mismos, que ya no es aquel verano, que hasta han talado algunos árboles y han cambiado los letreros de aquel bar al que solíamos ir.
Y por eso hoy he decidido escribirte, porque puedo ver que ya nada es lo que era, que las cosas, al igual que las personas, cambian.
Y que crecemos, hemos crecido. No queremos darnos cuenta, pero lo hemos hecho.
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